sábado, 4 de febrero de 2017

NECESITAMOS UN SAN PABLO


No es muy querido San Pablo por la progresía post-vaticanista. Su carácter, su modo de ser y su firmeza en el mantenimiento de la doctrina auténtica, lo encajan perfectamente entre los rígidos de Francisco. Su teología clara, lo hace acreedor a ser uno de estos teólogos que Francisco quería encerrar en una isla, para que discutieran allí sin molestar a nadie. San Pablo no era muy partidario del discernimiento actual, ni de las soluciones pastorales que se pasan la doctrina por el arco del triunfo, ni del ecumenismo del pasteleo, ni de la cobardía episcopal, que tanto se lleva ahora entre los más conservadores.

El modelo episcopal de San Pablo, molesta a los progres. Solamente les gusta eso de que los obispos sean casados una sola vez (1Tim. 3,2), especialmente a los que andan ansiosos de cargarse el celibato porque se sienten solos. Eso de que los obispos sepan gobernar su propia casa (3,4) es intolerable. Y eso de que deben dar doctrina es insufrible, pues ya se sabe que la única doctrina que merece la pena es la doctrina Kasper (esa sí que es buena), dispuesta a cargarse toda otra doctrina porque no se puede tolerar la dictadura doctrinal que no es la suya. Kasper, Martini (que estará mirando de reojo desde la otra vida), Marx, los Malteses y los argentinos y españoles. A todos ellos hay que recordarles la consigna de San Pablo a Timoteo (3,7): que los obispos gocen de buena fama, para que no caigan en el descrédito ni en las redes del diablo. Ya han caído en el mayor de los descréditos. Los fieles de Malta les han dado un rapapolvo a sus pastores, sumergidos en el demérito y la deshonra como pastores. Mientras, en España la Conferencia Episcopal ve cómo se profana la virginidad de María por parte de una monja indigna, incrédula y hereje descarada, sin hacer un comunicado de esos que ellos hacen para criticar a Donald Trump o para pedir que se marque la X en la Renta. Descrédito total.

He recomendado a algunos de mis novicios más espabilados (que son pocos), que hagan un seguimiento de los sermones de Francisco en Santa Marta (debe haber ya más volúmenes que la enciclopedia Espasa que tenemos en el calefactorio). Estoy seguro de que las citas del Apóstol de los Gentiles son escasas y muy seleccionadas. San Pablo era mucha tela para ellos y a Francisco no le viene en gana ponerlo como ejemplo por las razones antedichas. Rígidez y avinagramiento.

Sin embargo, necesitamos ahora mismo en la Iglesia algunos Obispos dispuestos a ser como San Pablo y actuar como él. Es difícil, porque hace falta santidad y energía. Tener bien atado el cinturón para que no se bajen los pantalones. No tener necesidad de un buen bálsamo para que la lengua no se irrite, por el exceso de lametones civiles y eclesiásticos. No tener que ingerir vitaminas contra la cobardía y el acongojamiento. Pero tenemos muy poquitos, y además están silenciados.

En el capítulo 2 de la carta a los Gálatas, cuenta San Pablo lo que se ha dado en llamar el incidente de Antioquía. Es bien conocido. San Pedro se dedicaba a disimular ante los judíos para que éstos no se enfadaran por las exigencias del cristianismo naciente. Vamos, que ya en aquella época el Vicario de Cristo tendía puentes y planteaba el discernimiento. Ahora hubiera dicho: Si un judío quiere ser judío y a la vez ser cristiano, pero su conciencia está tranquila, puede acercarse a la comunión. Seguramente algunos querrían haber redactado alguna nota 305 en el Concilio de Jerusalén. Pero san Pablo lo impidió. Le cantó las cuarenta en bastos al Papa Pedro y puso las cosas en su sitio.

Nadie se escandalizó. No hubo ningún problema, porque San Pedro era humilde (de verdad, no de boquilla) y supo aceptar la reprimenda. No era un dictadorzuelo y sabía perfectamente que la Iglesia no era su finca particular, ni su rancho, ni su cortijo. Como San Pedro era realmente bueno (y no de boquilla), ni había sido elegido hombre del año por las revistas gays de Antioquía, ni era celebrado por la web corintodigital.com como pobre y humilde, supo aceptar lo que San Pablo exigía. Y menos mal, porque eso salvó a la Iglesia. Es que entonces había las dos cosas: un verdadero Vicario de Cristo preocupado por la fidelidad al mandato del Señor, y un verdadero Obispo que dijo lo que tenía que decir.

Es curioso que San Pablo nos cuenta que no se anduvo con vueltas y revueltas. Le dijo las cosas cara a cara. In faciem ei, dice la Vulgata. En su cara, vamos. No se dedicó a conceder entrevistas para decir un día una cosa y otro día otra. No se dedicó a hablar en general sin aterrizar. No se dedicó a dar la coba al Jefe. Le resistí en la cara, porque merecía reprensión. Toma ya. Y dijo las cosas como las tenía que decir.

Nos están tomando el pelo. El cardenal Müller, que hace unos días dijo que la famosa Amoris Laertitia no plantea ningún problema doctrinal, se enfrenta esta semana a los que la interpretan mal. Sin citarlos, claro. Porque tendría que incluir ahí al mismo Francisco, que también la interpreta mal cuando aconseja a los argentinos que la interpreten mal (según Müller) y bien (según el propio Francisco). Y a los malteses. Y a los alemanes en pleno, que ayer se descolgaron diciendo que a partir de ahora van a hacer lo que hasta ahora vienen haciendo. Y a los españoles en pleno, que apoyan la Amoris Laetitia sin rubor. Y a la Diócesis de Roma. Y a tantos otros que no salen en los periódicos y ya están distribuyendo la comunión a mansalva.

Me parece que ha llegado la hora en que los más directamente responsables, imiten a San Pablo. Pido por ello. Ya han pasado las dubbia y la actuación fina, respetuosa y educada. La respuesta ha sido tremendamente tajante. Nada de claridad. Se ha contestado a las dubbia por la vía del cabreo monumental, de la vendetta y de las amenazas. Y de los mandaderos que dan entrevistas. Nada de seriedad para responder a la seriedad de las dubbia. En cualquier momento, vienen por ahí nuevas destituciones: eso que ya todo el mundo conoce como misericordiear. Palabra que pronto estará en los diccionarios, y cuyo significado y uso situarán los expertos a partir de 2013. Sus sinónimos son fulminar, destruir (con malas artes), destrozar y eliminar. Antes se hacía con veneno. Ahora se hace con uva mala y leche caducada.

Creo que ya es la hora de actuar como San Pablo. En la cara. Respetuosa, pero firmemente. Usted, querido amigo, es un hereje promotor de la herejía y merece la reprobación. Puede usted disponer de mis cargos, capelos y beneficios. Pero no dispone usted de mi amor a la verdad y de mi responsabilidad como Obispo.

También lo dijo esto San Pablo a Tito (1, 9) como característica necesaria de todo Obispo: ser capaz de ajustarse a la enseñanza recibida, para que sea capaz de exhortar con la sana doctrina y corregir a los adversarios. El propio Jesucristo tuvo que decirle a San Pedro en otra ocasión: Tú me escandalizas, porque piensas como los hombres, no como Dios.

Parece que en estos tiempos de ahora, han cambiado las tornas. Lo bueno es pensar como los hombres, aunque sea a costa de la profanación de la Eucaristía y de lo que se ponga por delante. Seguro que te dan un buen cargo. Me sospecho que pronto van a nombrar Maestra de la Orden de Malta a la monja Caram. Méritos ha hecho, desde luego.