martes, 6 de diciembre de 2016

FOTOS PADRE CARDOZO - PRIMERAS COMUNIONES EN CIUDAD JUAREZ, MEXICO










13 OBISPOS ASESINADOS POR EL FRENTE POPULAR DURANTE LA GUERRA CIVIL


La persecución religiosa fue una de las características entre quienes decían defender la “legalidad republicana” tras el levantamiento militar del 18 de julio. Desde el principio, el asesinato de religiosos y religiosas fue una constante, incluso antes de que la jerarquía publicase la Carta Colectiva de los obispos el 1 de julio de 1937. Es más, los precedentes habían sido claros desde las primeras matanzas en mayo de 1931 y durante la Revolución de Asturias en 1934.

Entre los miles de católicos, religiosos y seglares, asesinados, se cuentan hasta 13 obispos contra los que los revolucionarios, principalmente pertenecientes al Partido Comunista de España y a las diversas organizaciones anarquistas como la Federación Anarquista Ibérica y la Confederación Nacional de Trabajadores, mostraron su más brutal ensañamiento.

Por orden cronológico, los obispos asesinados por los frentepopulistas fueron:


Eustaquio Nieto Martín, obispo de Sigüenza

Pese a la insistencia de personas de su entorno, el 18 de julio, una vez producido el pronunciamiento militar, se negó a abandonar la diócesis. Cuando la capital de la provincia, Guadalajara, se pronunció a favor de los sublevados el 21 de julio, Nieto intercedió ante los líderes sublevados para que no se cometieran fusilamientos y logró reducir considerablemente la represión en la provincia. La columna dirigida por el coronel Puigdengolas que tomó Guadalajara el día 22 envió unas secciones al mando del líder de milicias, Cipriano Mera, para tomar Sigüenza, que fue conquistada por los frentepopulistas el día 24. Lo primero que hicieron fue detener al obispo y someterlo a un juicio público, pero los testimonios de los dirigentes izquierdistas locales contando su actuación para salvar vidas en los primeros días del levantamiento llevaron a su absolución y liberación. Sin embargo, el 26 fue secuestrado por orden de Mera para ser asesinado. Cuando lo trasladaban en coche fue arrojado en marcha del vehículo, como sobrevivió le dispararon y quemaron su cuerpo.


Salvio Huix Miralpeix, obispo de Lérida. 

Al conocer la noticia del alzamiento se refugió en casa de unos conocidos en Lérida. A los pocos días empezaron a llegarle noticias de la brutal represión a la que estaban sometiendo al clero de su diócesis por lo que decidió entregarse para intentar mediar ante las autoridades revolucionarias. Fue encarcelado inmediatamente en la cárcel provincial donde pasó dos semanas hasta que durante la madrugada del 5 de agosto fue conducido junto a otros veinte presos –en su mayoría religiosos y destacados políticos y empresarios locales- a las inmediaciones del cementerio donde fueron fusilados.


Cruz Laplana Laguna, obispo de Cuenca. 

El pronunciamiento del 18 de julio fracasó en Cuenca gracias a la actuación del teniente coronel Francisco García de Ángela quien se comprometió a garantizar la integridad de todos los ciudadanos. Así fue hasta la llegada de milicianos anarquistas de las unidades mandadas por Cipriano Mera que obligaron a Laplana a abandonar su residencia el 28 de julio, siendo trasladado al seminario que había sido convertido en cárcel. Allí permaneció detenido hasta que el 7 de agosto, en compañía de otras 7 personas fue sacado de madrugada para ser fusilado sin que mediara juicio alguno.


Florentino Asensio Barroso, obispo de Barbastro. 

Nada más producirse el levantamiento militar, el comité revolucionario local decidió su arresto dentro de la residencia episcopal, pero cuatro días después se decidió su traslado a la cárcel municipal, donde se le interrogó en varias ocasiones y se le intentó obligar a que apostatara. Ante el fracaso se decidió su traslado a una celda aislada donde fue torturado por milicianos que llegaron a realizarle amputaciones, como la de los testículos. En la madrugada del 9 de agosto fue trasladado junto a otros doce detenidos en un camión hasta un paraje cercano a Barbastro, donde fueron fusilados y arrojados a una fosa común en la que ya habían sido enterrados varios de los seminaristas de la localidad.


Miguel Serra Sucarats, obispo de Segorbe. 

Tras decretarse su arresto en las dependencias del obispado, el 27 de julio se le trasladó a la cárcel local improvisada en locales del ayuntamiento. Junto a él fueron trasladados el vicario, Blasco Palomar, el hermano del obispo, Carlos Serra, y otros cinco religiosos y seglares vinculados a la sede episcopal. Allí estuvieron hasta la madrugada del 9 de agosto en la que fueron sacados en varios coches con la excusa de trasladarlos a Vall de Uxó, pero en el trascurso del camino pararon y en una zona deshabitada fueron fusilados y sus cuerpos abandonados sin enterrar.


Manuel Basulto Jiménez, obispo de Jaén. 

Tras retenérsele durante los primeros días en su domicilio, el 2 de agosto fue detenido, junto a su hermana y su cuñado, y encarcelados en la catedral de Jaén que había sido convertida en cárcel gestionada por el Comité Revolucionario provincial. Allí permanecieron hasta el día 11 de agosto, en que fueron trasladados a la estación de tren para ser llevados en tren a la cárcel de Alcalá de Henares. A estos traslados se les conoce como “los trenes de la muerte”, ya que el tren fue detenido y todos sus ocupantes –casi 200- fueron ametrallados. Entre ellos se encontraba el obispo Basulto que, al igual que el resto de las víctimas fueron saqueados por la turba que se había congregado para ver los asesinatos.



Manuel Borrás Ferré, obispo auxiliar de Tarragona. 

Fue detenido junto al cardenal Vidal y Barraquer el día 21 de julio. Se les mantuvo retenidos unos días en el monasterio del Poblet, hasta que el día 24 tras la intermediación del Papa, se consiguió la liberación del cardenal que fue trasladado a Italia. Sin embargo, Borrás no tuvo la misma suerte y quedó detenido en Montblanch hasta que, a mediados de la primera semana de agosto fue llevado ante un tribunal revolucionario en Tarragona que decretó su condena a muerte que fue ejecutada de inmediato. Murió fusilado y su cadáver fue quemado después para dificultar su identificación.


Narciso Esténaga, obispo de Ciudad Real. 

La población castellanomanchega vivió una situación peculiar a comienzos de la Guerra Civil. En ella, la numerosa guarnición de la Guardia Civil había pactado con el gobernador civil no sumarse al alzamiento a cambio de que éste frenase los desmanes revolucionarios. Si bien se produjeron fusilamientos y sacas de ciudadanos, al obispo se le respetó durante las primeras semanas. Pero cuando a principios de agosto se trasladó a la Guardia Civil a Madrid para reforzar la defensa de la capital, los milicianos anarquistas y comunistas asaltaron el palacio episcopal obligando a Esténaga a abandonarlo porque había sido incautado para ser la nueva sede del Comité Revolucionario. Se le obligó a trasladarse a la residencia de un vecino, donde permaneció hasta el 22 de agosto. En la madrugada de ese día fueron sacados por la fuerza y trasladados a la localidad de Peralvillo del Monte, donde fueron fusilados y abandonados en una zona próxima al río Guadiana.


Diego Ventaja Milán, obispo de Almería

El 24 de julio un grupo de milicianos irrumpió en la sede episcopal de Almería con la excusa de registrarla. Se incautaron de numerosa documentación que, supuestamente, relacionaba al obispo con “actividades contrarrevolucionarias”, lo que provocó que fuera detenido y encarcelado primero en el barco prisión Astoy Mendi y después en el acorazado Jaime I, donde coincidió con el obispo de Guadix, Manuel Medina. Ambos fueron sacados el 30 de agosto, trasladados al lugar conocido como el barranco de Vícar y fusilados junto a varios religiosos más.


Manuel Medina Olmos, obispo de Guadix. 

Fue detenido en su residencia tras un registro realizado por milicianos y dirigido por el alcalde de Guadix y su hijo que aprovecharon para incautarse de cuanto objeto de valor hubiera en la casa. Fue más un saqueo que un registro. Tras su detención fue obligado a desfilar entre las turbas congregadas en las calles de la localidad para hacerle pasar por una situación de escarnio. Dos días después, el 29 de julio, fue trasladado a Almería donde pasó por hasta cuatro prisiones diferentes hasta que el 30 de agosto fue sacado junto al obispo de Almería y otros 16 religiosos para ser fusilado en el barranco de Vícar.


Manuel Irurita, obispo de Barcelona. 

El 21 de julio, mientras que la residencia del obispo era asaltada por una turba dirigida por comunistas y anarquistas, el clérigo se ocultaba en la casa del joyero Antonio Tort cuya casa se había convertido en un piso franco para los religiosos y religiosas perseguidos por los partidarios del Frente Popular durante los primeros días de la Guerra Civil. Allí permaneció hasta el 1 de diciembre de 1936, cuando un grupo de milicianos descubre la protección que daba Tort a los religiosos. Fueron detenidas ocho personas protegidas de la familia de joyeros, además de éstos. El día 3 de diciembre, el obispo fue fusilado en las tapias del cementerio de Moncada. La propaganda republicana extendió durante muchos años la patraña de que Irurita había salvado la vida y había vivido oculto en el Vaticano desde que acabó la Guerra Civil. Esta absurda hipótesis fue desmentida tras los estudios de Jorge López Teulón que tras realizar las pruebas de ADN al cadáver del obispo que se conservaba en España desde su asesinato pudo desmontar el absurdo de la propaganda frentepopulista.


Juan de Dios Ponce y Pozo, obispo de Orihuela. 

Varios seglares que trabajaban para el obispado de Orihuela convencieron al obispo Ponce de la necesidad de ocultarse en los primeros días de la Guerra Civil. Consiguió ocultarse, cambiando varias veces de casa hasta que fue descubierto a mediados de octubre de 1936. Fue encarcelado y tras pasar varias semanas en la cárcel, donde fue torturado para intentar conseguir que apostatara. Finalmente, la madrugada del 30 de noviembre de 1936 fue trasladado junto a otros nueve sacerdotes de su diócesis al cementerio de Elche, donde fueron fusilados. Los milicianos impidieron que los cuerpos de los 10 religiosos fueran recogidos hasta una semana después del asesinato para que pudieran ser contemplados “para escarmiento de contrarrevolucionarios”.


Anselmo Polanco, obispo de Teruel. 

Tras la rendición del coronel Domingo Rey d’Harcourt el 8 de enero de 1938, el obispo y el militar fueron hechos prisioneros por las tropas republicanas. El Gobierno descartó la propuesta de que fuera enviado a Francia y puesto allí en libertad, realizada por Indalecio Prieto. Tras varias etapas y el paso por Valencia, el religioso y Rey d’Harcourt fueron internados en el “Depósito para prisioneros” de Barcelona. Allí pasaron la guerra hasta que el 23 de enero de 1939, horas antes de que Barcelona fuera tomada por las tropas de Franco, se les acercó a la frontera con Francia obligándoles a acompañar a los milicianos que huían en desbandada hacia el país vecino. Éstos consideraban que con el militar y el religioso tenían dos buenos rehenes con los que negociar en caso de necesidad. El 7 de febrero de 1939 el comandante comunista Pedro Díaz decidió fusilar al grupo de 40 prisioneros que les acompañaban en su huida. Entre ellos se encontraba el obispo Polanco.

Fuente: La Gaceta



domingo, 4 de diciembre de 2016

LA SAGRADA COMUNIÓN Y EL SANTO SACRIFICIO DE LA MISA - II


CAPÍTULO 2
De las excelencias y cosas maravillosas que la fe nos enseña 
que hemos de creer en este divino Sacramento.

Muchas cosas maravillosas nos enseña la fe católica que obran aquí las palabras de la consagración. La primera es que hemos de creer que, en acabando de pronunciar el sacerdote las palabras de la consagración sobre la hostia, está allí el verdadero cuerpo de Cristo nuestro Redentor, el mismo que nació de las entrañas virginales de la sacratísima Virgen, y el mismo que estuvo en la cruz y resucitó, y el mismo que ahora está sentado a la diestra de Dios Padre. Y en acabando de pronunciar el sacerdote las palabras de la consagración sobre el cáliz, está allí su verdadera y preciosa sangre. Y diciéndose en una misma hora cien mil Misas en toda la Iglesia, en el punto que acaba el sacerdote de pronunciar las palabras de la consagración, obra Dios esta conversión maravillosa; y en todas ellas está real y verdaderamente el cuerpo y sangre de nuestro Redentor; y aquí le están consumiendo, y allí le están consagrando, y en todas partes es uno. 

La segunda cosa maravillosa que aquí hemos de creer es que después de las palabras de la consagración no queda allí pan ni vino, aunque a nuestros ojos, tacto, gusto y olfato parezca que sí, pero la fe nos dice que no. Dijo el patriarca Isaac a su hijo Jacob, cuando para alcanzar la bendición y mayorazgo cubrió sus manos con unos pellejos de cabrito para parecer a su hermano Esaú (Gen., 27, 22): La voz es de Jacob, pero las manos son de Esaú. Así aquí, lo que palpamos con las manos y tocamos con nuestros sentidos, parece pan y parece vino; pero la voz que es la fe (Rom., 10, 8), otra cosa nos dice. La fe suple aquí la falta de los sentidos. Y allá en el maná, sombra y figura de este Sacramento, hubo también esto, que sabía el maná a todas las cosas, sabía a perdiz y no era perdiz; sabía a trucha, y no era trucha; así este divino maná sabe a pan, y no es pan, sabe a vino y no es vino. 

En los demás sacramentos no se muda la materia en otra, sino el agua en el bautismo se queda agua y el óleo, óleo en el sacramento de la confirmación y la extremaunción; pero en este sacramento mudase la materia. De manera, que aquello que parece pan no es pan, y aquello que parece vino, no es vino; sino la sustancia del pan se muda y convierte en el verdadero cuerpo de Cristo nuestro Salvador, y la sustancia del vino, en su sangre preciosa. Dice muy bien San Ambrosio: «Quien pudo hacer algo de nada, criando los Cielos y la tierra, mucho más podrá hacer una cosa de otra». Y más; vemos que el pan que cada día comemos, por virtud del calor natural, en breve espacio se muda en nuestra carne; mucho mejor podrá la virtud omnipotente de Dios hacer en un instante esta conversión maravillosa. Y para que con un espanto se nos quite otro, mucho más es que Dios se haya hecho hombre sin dejar de ser Dios, que no que el pan dejando de ser pan se vuelva en carne. Pues con aquella virtud divina con la cual el Hijo de Dios se hizo hombre, con esa misma el pan y el vino se convierten en la carne y sangre de Cristo. A Dios ninguna cosa le es imposible, como dijo el Ángel a nuestra Señora (Lc., 1, 37). 

Lo tercero, hay otra cosa particular en esta conversión, que no es al modo de las demás conversiones naturales, en las cuales, cuando una cosa se convierte en otra, queda algo de la sustancia de la cosa que se muda, porque la materia se es la misma, y solamente se muda la forma, como cuando la tierra se convierte en plata y el agua en cristal; es como cuando de un poco de barro o cera hacéis una vez un caballo, otra un león. Pero en esta admirable conversión, después de la consagración, en la hostia no queda nada de la sustancia del pan, y en el cáliz no queda nada de la sustancia del vino, ni de la forma ni de la materia, sino que toda la sustancia del pan se convierte y muda en todo el cuerpo de Cristo; y toda la sustancia del vino en toda su sangre preciosa. Y así la Iglesia, con mucha conveniencia y propiedad, como dice el Concilio Tridentino, para significarnos esta total conversión, la llama transustanciación, que quiere decir mudanza de una sustancia en otra. Porque así como la acción natural, porque en ella se muda la forma, se puede llamar propiamente transformación, así en este Sacramento, porque toda la sustancia del pan y del vino se convierte en toda la sustancia del cuerpo y sangre de Cristo, se llama con mucha razón transustanciación. 

De manera que no queda en este Sacramento cosa alguna de la sustancia del pan ni de la sustancia del vino, sino solamente queda allí el color, olor, sabor y los demás accidentes del pan y del vino, que llaman especies sacramentales. Y esta es otra maravilla grande que resplandece en este santísimo Sacramento, que están allí estos accidentes sin estar en sustancia y sujeto alguno, siendo propio de los accidentes estar juntos y pegados con la sustancia, como lo enseña toda la filosofía; porque la blancura, claro está que, naturalmente, no puede estar por sí, sino junta y pegada con alguna sustancia; y el sabor y el olor también. Pero aquí, sobre todo orden de naturaleza, se quedan los mismos accidentes del pan y del vino, siendo sobrenaturalmente sustentados por sí solos, como en el aire; porque la sustancia del pan y del vino ya no está allí, como hemos dicho; y en el cuerpo y sangre de Cristo, que sucede en su lugar, no pueden estar aquellos accidentes, y así los tiene y sustenta Dios de por sí con un perpetuo milagro. 

Más: hemos de creer que en este santísimo Sacramento debajo de aquellas especies y accidentes de pan está no sólo el cuerpo de Cristo, sino todo Cristo, verdadero Dios y verdadero hombre, así como está en el Cielo. De manera que en la hostia, juntamente con el cuerpo, está también la sangre de Cristo nuestro Redentor, y su ánima sacratísima, y su santísima divinidad. De la misma manera en el cáliz, debajo de las especies de vino, está no solamente la sangre de Cristo, sino también el cuerpo, el ánima y la divinidad. Pero advierten los teólogos que no están aquí estas cosas por una misma razón y manera, sino unas están en este Sacramento por virtud y eficacia de las palabras de la consagración, y otras por vía de concomitancia y compañía. Aquello se dice estar en este Sacramento por virtud y eficacia de las palabras que se significa y explica por las mismas palabras de la forma de la consagración. Y de esta manera no está en la hostia más que el cuerpo de Cristo, ni en el cáliz más que la sangre, porque las palabras hacen lo que significan, y eso sólo es lo que significan: «Este es mi cuerpo.» «Esta es mi sangre.» Aquellas cosas se dicen estar por vía de concomitancia o compañía, que están juntas y en compañía de aquello que se explica y declara por las palabras; y porque el cuerpo de Cristo no está ahora solo, sino juntamente con la sangre, y con el ánima, y con la divinidad, por eso están allí también en la hostia todas estas cosas; y porque la sangre tampoco está ahora sola, sino juntamente con el cuerpo, y con el ánima, y con la divinidad, por eso están también en el cáliz todas estas cosas. Se entenderá esto bien por aquí. Dicen los teólogos que si en aquellos tres días que Cristo estuvo en el sepulcro consagrara San Pedro u otro de los Apóstoles, que no estuviera en el santísimo Sacramento el ánima de Cristo, porque entonces no estaba el ánima junta con el cuerpo, sino solamente estuviera allí el cuerpo muerto, como estaba en el sepulcro, aunque junto con la divinidad, porque esa nunca la dejó. De la misma manera, cuando consagró Cristo el jueves de la Cena, estaba en el Sacramento Cristo nuestro Redentor, verdadero Dios y verdadero hombre; pero pasible y mortal, como entonces lo era; mas ahora está un el Sacramento vivo, glorioso, resucitado, inmortal e impasible, como está en el Cielo. 

Empero, aunque esto es así, que en la hostia está la sangre y en el cáliz el cuerpo de Cristo nuestro Redentor; con todo eso convino que se hiciesen estas dos consagraciones distintas cada una de por sí, para que así se representase más al vivo la Pasión y muerte de Cristo, en la cual la sangre se apartó del cuerpo, y así se hace mención de esto en la misma consagración de la sangre: [Que será derramada por vosotros y por muchos.] Y también, pues, se instituía este Sacramento para alimentar y sustentar nuestras ánimas, convino que se instituyese, no sólo en manjar, sino también en bebida, porque el perfecto alimento del cuerpo de estas dos cosas consta. Pero una cosa podemos sacar de aquí para consuelo de los que no son sacerdotes, y es que, aunque no comulgan debajo de ambas especies, como los que dicen Misa, sino solamente debajo de especies de pan, por muchas y muy graves razones que para esto tuvo la Iglesia; pero recibiendo en la hostia el cuerpo de Cristo nuestro Redentor, reciben juntamente su sangre, y su ánima, y su divinidad, porque todo entero y perfectamente está debajo de cualquier de las dos especies. Y dicen los teólogos y los Santos que reciben tanta gracia como los sacerdotes que comulgan debajo de ambas especies, llegando con igual disposición. San Hilarlo dice que así como en el maná, que fue figura de ese santísimo Sacramento, ni el que cogía más hallaba por eso más, ni el que cogía menos hallaba por eso menos, como dice la Escritura (Éxodo 16, 18), así también en este divino Sacramento, ni el que le recibe debajo de especies de pan y vino recibe por eso más, ni el que le recibe solamente debajo de especie de pan recibe por eso menos. Todos son iguales en esto. 

Más: hay otra maravilla grande en este altísimo Sacramento, y es que no solamente está Cristo todo entero en toda la hostia, y todo entero en el cáliz, sino en cada partícula de la hostia y en cada partícula de las especies del vino está también todo Cristo, tan entero como está en el Cielo, por mínima que sea la partícula, como se colige claramente del mismo Evangelio, porque Cristo nuestro Redentor no consagró de por sí cada bocado de aquellos con que comulgó a sus Apóstoles, sino consagró de una vez tanta cantidad de pan, que dividida bastase para comulgarlos a todos. Y así del cáliz dice expresamente el Evangelio que le dio Cristo a sus Apóstoles diciendo (Lc., 22, 17): Tomad y divididle entre vosotros. Y no sólo cuando se parte y divide la hostia o el cáliz, sino también antes que se parta, está el cuerpo de Cristo todo entero en toda la hostia y todo entero en cualquier parte de ella, y todo entero en todas las especies del vino, y todo entero en cualquier partícula de ellas. 

Algunos ejemplos y comparaciones hay acá en lo natural que nos pueden dar alguna luz en esto. Porque nuestra ánima está también toda en todo el cuerpo y toda en cualquier parte de él; y la voz que yo hablo, que es ejemplo que trae San Agustín, está toda en vuestros oídos y toda en los de todos los oyentes; y si tomáis un espejo, veréis en él vuestra figura toda entera, aunque el espejo sea pequeño y mucho menor que vos; y si dividís el espejo en muchas partes, en cada parte veréis también vuestra figura, ni más ni menos como la veríais en todo el espejo. Estos y otros semejantes ejemplos y comparaciones traen los Doctores y los Santos para declararnos estos misterios, aunque ninguno hay que del todo tenga semejanza; pero todavía ayudan y dan alguna luz. 

Y hay aquí otro misterio, que cuando se parte y divide la hostia o el cáliz, los accidentes del pan y del vino son los que allí se parten y dividen; pero Cristo no se parte ni divide, sino entero se queda en cualquier partícula, por pequeña que sea. Y de la misma manera, cuando mascáis la hostia, no mascáis ni desmenuzáis a Cristo. Dice San Jerónimo: «¡Oh engaño e ilusión de nuestros sentidos! Parece que os partimos y mascamos como el pan material que comemos; mas la verdad es que no partimos ni mascamos sino aquellos accidentes que vemos; pero Vos, Señor, entero y perfecto, os quedáis en cualquier partícula, sin corrupción ni división alguna y entero os recibimos.» Y así lo canta la Iglesia: 

[No lo parte el que comulga, 
no lo quiebra ni divide, 
todo entero lo recibe. 
Quebrantase el Sacramento; 
mas no Cristo, que está dentro.] 

Acontécenos en este convite al revés que en los convites de acá, en los cuales cortáis un manjar, mas no cortáis los platos ni vasija; pero en esta divina mesa no es así, se parte el plato y la vasija, que son los accidentes, y se queda el manjar y la sustancia entera. Más: en las otras mesas coméis la vianda y el manjar, pero no coméis las vasijas ni los platos; pero en esta mesa soberana comernos el manjar, y es tan sabroso, que comemos el plato tras él. 

Todas estas cosas que la fe nos enseña nos hemos de contentar por ahora con creerlas y venerarlas sin quererlas escudriñar curiosamente, yendo siempre en aquel fundamento de San Agustín: Eso ha de ser como primer principio, que puede Dios más de lo que nosotros podemos alcanzar; porque, como dicen muy bien los Santos, no fueran grandes las cosas de Dios si nuestro entendimiento y razón las pudiera comprender. Y así, ése es el mérito de la fe: creer lo que no vemos. Y aun en los misterios de este santísimo Sacramento hay una cosa especial, que no hay en los demás misterios de la fe; porque en los demás creemos lo que no vemos, que es mucho de loar (Jn., 20, 29): [Dichosos los que no vieron y creyeron]; mas aquí no sólo hemos de creer lo que no vemos, sino contra lo que nos parece que vemos, porque, según nuestros sentidos, nos parece que allí hay pan y vino, y hemos de creer que no lo hay. 

Es semejante la fe que tenemos de este misterio a la que tuvo Abrahán, que tanto encarece San Pablo (Rom 4, 18): [Esperó contra toda esperanza]; venció la esperanza sobrenatural a la desconfianza natural, que los ojos veían, porque creyó y esperó que tendría hijo, contra todo lo que le prometía la esperanza natural, pues, naturalmente, no lo podía tener, por ser él y su mujer ya muy viejos. Y después, queriendo sacrificar ese hijo, como Dios se lo había mandado, con todo eso creyó que le había el Señor de cumplir la promesa que le había hecho de multiplicar en él su generación. Así, en este divino Sacramento creemos contra lo que naturalmente nos dicen todos nuestros sentidos, y así es de gran mérito lo que aquí creemos. Dijo Dios a su pueblo (Éxodo 16, 12): A la mañana comeréis pan, y a la tarde os daré carne. La mañana es esta vida presente. Se nos da Dios en especie de pan y vino; pero cuando asome la tarde, por la cual es significada la gloria, veréis la carne de Cristo, entenderéis claramente cómo y de qué manera ésta allí, se romperá entonces el velo, se correrán las cortinas, y veremos todas estas cosas claramente y cara a cara. 

Muchos milagros y muy auténticos pudiéramos aquí traer en confirmación de lo que hemos dicho, porque están los Santos y las historias llenas de ellos; pero sólo quiero decir uno que se refiere en la Crónica de la Orden de San Jerónimo. Un religioso, llamado Juan Pedro de Cavañuelas, que después fue prior de Guadalupe, fue muy combatido de tentaciones de fe, y especialmente acerca del santísimo Sacramento del altar, diciéndole el pensamiento cómo podía ser que hubiese sangre en la hostia; quiso el Señor librarle del todo de esta tentación con un modo maravilloso, y fue que diciendo él un sábado Misa de nuestra Señora, después que hubo consagrado, inclinándose a decir la oración que comienza: Suplices te rogamus, vio una nube que descendió de lo alto y cubrió todo el altar donde él decía Misa; de manera que con la oscuridad de la nube él no podía ver la hostia ni el cáliz. Y como se espantase mucho de este acaecimiento, y fuese lleno de grandísimo temor en ver lo que veía, rogó a nuestro Señor, con muchas lágrimas, que le quisiese librar de este peligro, y manifestar por qué causa aquello había acaecido. Y estando así llorando y con gran temor, poco a poco se fue quitando la nube y esclareciendo el altar del todo, y mirando al altar, vio que le faltaba la hostia consagrada y que el cáliz estaba vacío, porque también le había sido de él tomada la sangre. Y fue tan grande el espanto y temor que recibió cuando esto vio, que quedó como muerto; y, tornando comenzó con gran dolor de su corazón, y derramando muchas lágrimas de sus ojos, a rogar de nuevo nuestro Señor y a su santísima Madre, cuya Misa decía, que le perdonasen, si lo que había acaecido era por su culpa, y le librasen y le sacasen de tan grande peligro. Y estando en esta congoja, vio venir por el aire la hostia puesta en una patena muy resplandeciente, y se puso encima de la boca del cáliz, y comenzaron luego a destilar y salir de ella gotas de sangre dentro del cáliz, y salió en tanta cantidad como antes estaba. Y acabada de salir la sangre, se tornó la hijuela de los corporales a poner sobre el cáliz, y la hostia en su lugar sobre el ara, donde estaba primero. El sacerdote, estando muy espantado en ver tan grandes misterios, y no sabiendo qué hacer, oyó una voz que le dijo: «Acaba tu oficio, y te sea en secreto todo esto que has visto.» Y de ahí adelante nunca más sintió aquella tentación. El acólito o ministro que servía a la Misa no vio ninguna cosa de éstas ni oyó la voz; mas sintió las lágrimas del sacerdote, y cómo se tardó mucho más en la Misa que solía. Todo lo susodicho se halló después de su muerte escrito en una cédula de su mano, puesto entre su confesión general, lo cual él hizo en señal del secreto que le fue mandado guardar. 


EJERCICIO DE PERFECCIÓN Y 
VIRTUDES CRISTIANAS 
Padre Alonso Rodríguez, S.J.

viernes, 2 de diciembre de 2016

PADRE ERNESTO CARDOZO SOBRE LA TESIS SEDEVACANTISTA - 28/11/2016





"PÍO MAGNO"



Se llamaba Eugenio Pacelli y había nacido en Roma el 2 de marzo de 1876, reinando el Beato Pío IX, de noble y catolicísima familia, devotísima a la Santa Sede. Siendo un niño de pocos años los Padres Filipinos de la iglesia que frecuentaba solían verlo todas las tardes arrodillado ante el Sagrario, mirando como un pequeño ángel hacia su Señor y mayor amigo. Por la mañana, antes de ir a la escuela, había servido ya en la Santa Misa recibiendo la comunión.

Intimo de Jesús

Se entusiasmaba -dicen sus biógrafos (creo haberlos leído todos o casi todos)- escuchando las narraciones de vida misionera que el tío sacerdote, veterano de Sudamérica, le contaba y comentaba: “Yo también quiero dar mi vida por Jesús”. Después, mirándose sus hermosas manos: “¡Pero los clavos no!”

Tocaba el violín como un niño prodigio y a quien le felicitaba respondía: “¿Que toco? ¡No! Rezo, hablo con Jesús.” Le gustaba enseñar el catecismo y lo hacía con los más pequeños de su palacio con alegría propia y de ellos. Jesús era ya “el Viviente” en su infancia, en su adolescencia pura… Lo llamaban “Pacellino” porque era delgado como el alambre y tenía el rostro afilado con el flequillo en la frente.

¿Y qué puede haber orientado a la consagración total a Dios en el sacerdocio a este angélico joven patricio romano, que amaba la equitación y la música y que algún rostro femenino miraba ya con admiración y al cual respondía él: “Busque en otro lugar, yo soy de Jesús”, si no un amor ardiente, intensísimo a Jesús, el Hombre-Dios?

“¿Pero tú eres Dios?”

Bachiller en el “Visconti”, escuela pública, en donde da testimonio de Jesús. A los 18 años está en el Seminario Capranica. El 2 de abril de 1899 es ordenado sacerdote por el amigo de la familia, el cardenal Paolo Cassetta, patriarca de Antioquía. Después querría trabajar humildemente, por ejemplo en una pequeña parroquia del campo, pero la Secretaría de Estado puso ya los ojos en él. A él, jovencísimo sacerdote que afirmaba querer ser sólo un buen pastor, mons. Gasparri le respondió: “¿Ah, sí? Pues bien, ven conmigo, muchacho mío, te enseñaré a mostrar los dientes al lobo.” Como sucederá.

Monseñor en el Vaticano, los Pontífices Pío X y Benedicto XV lo envían a tratar las cuestiones más espinosas con los jefes de Estado de Europa, en un tiempo dificilísimo: en París, en Londres, en Berlín con el Kaiser. Los políticos más experimentados y astutos, los “zorros” de Europa, son subyugados por la autoridad y la fascinación de Pacelli.

A quien se alegraba con él por su incipiente “carrera” (¡un viacrucis!) respondía: “¡Pero si yo me he hecho sacerdote por un gran ideal de oración!”

Consagrado Obispo el 13 de mayo de 1917, en el día y la hora en la que la Virgen aparece en Fátima a los tres pastorcillos, es enviado como Nuncio a Munich. Los comunistas locales intentan asesinarlo, obstaculizarlo (¡este es su trabajo en todas partes!), pero él va por su camino: libre, fuerte, obedientísimo a Jesús solo y al Papa. Los buenos lo aman. Los malos lo detestan. No se le puede chantajear, no acepta los compromisos. No corre detrás del mundo, sino que quiere convertir al mundo a Cristo.

En 1924 es transferido a Berlín; es el tiempo en que Alemania, caída al precipicio tras la primera guerra mundial, intenta resurgir. Pero hay también un “demonio” que quiere cautivar: Adolf Hitler. Quien lo comprende de los primeros leyendo su obra “Mein Kampf” y ve el abismo que está a punto de abrirse es el Nuncio Pacelli, verdadero arcángel contra el dragón. En el este, con puño de hierro, manda Stalin, el cual, sin embargo, siente que aquel Pacelli en Berlín es alguien que cuenta y le manda a su embajador, quién sabe con qué intención. Pacelli le habla, pero comprende la “trampa” y no cae en ella.

De esto hablan -o deberían hablar- los libros de historia honestos. Nosotros, aquí, narramos sólo algunas pequeñas grandes cosas.

En Munich una monja va a hablar con él por las cuestiones insolubles que lleva en su interior. Monseñor escucha con los ojos bajos y calla. Entonces le dice: “Hermana, ¿no será quizá que sus sufrimientos dependen del hecho que usted piensa sólo en sí misma, en vez de pensar en Jesús, al Cual ha consagrado toda su vida? Le sonríe, le estrecha la mano, la bendice y concluye: “Busque sólo a Jesús, a quien pertenece todo su ser. Su vida se convertirá aun en el dolor, en la enfermedad y en la necesidad en una única alegría.”

Un día, en Berlín, un niño, que ya lo había visto pasear en el parque de la ciudad, se le acerca y, observándolo de pies a cabeza, le dice: “¿Pero tú quién eres? ¡Eres tan diferente de los demás hombres, eres tan alto y delgado, y tienes los ojos tan hermosos! ¿Eres acaso Dios?”

A tal punto había llegado su configuración con Jesús: había sido “cristificado” de tal manera que aparecía a los ojos de quien lo veía, aunque sólo fuera por pocos instantes, como una revelación de Dios.

Entre los “lobos”

Cardenal y Secretario de Estado de 1930 a 1939, Pío XI lo envía a Río de Janeiro, a Buenos Aires, a Washington y a los EE. UU., a París y a Lourdes, a Budapest, para que la Iglesia y el mundo lo conozcan y lo aprecien. Comenta Pío XI: “Pensad qué buen Papa será el card. Pacelli.” Con Pío XI es autor de concordatos y se empeña en la lucha contra Hitler y Stalin para salvar a la Iglesia y la dignidad del hombre.

El 2 de marzo de 1939 se convierte en el papa Pío XII. Es inconsolable por la cruz terrible que le ha caído sobre los hombros. Da su primera bendición desde la logia y después se derrumba sobre un sofá y llora largo tiempo, inconteniblemente, murmurando: “Miserere mei, Deus, secundum magnam misericordiam tuam.”

Será un de los Papas más grandes de la historia, alguno (como Barbara Frale en el libro Il principe e il pescatore, Mondadori, 2014) osa decir que, después de San Pedro, es el más grande: nunca antes un Papa había debido afrontar dos demonios como Hitler y Stalin y custodiar a la Iglesia en la fidelidad a la Verdad. El Papa que pedimos a Dios todos los días y que deberá restaurar a la Iglesia en la actual catástrofe sucedida en el Concilio Vaticano II será grande como Pío XII. (¿se llamará Pío XIII?).

Lo que hace Pío XII durante la segunda guerra mundial en defensa de todos, para la salvación de todos, también para los Judíos, sólo lo sabe Dios y lo reconocen los Judíos en sus jefes más autorizados, como Golda Meir y Ben Gurion.

Contra una “teología” sin Cristo

Como Sumo Sacerdote y Pontífice, Pío XII es el custodio intrépido e invencible de la Iglesia, Cuerpo Místico de Cristo, en la Verdad y santidad contra los errores y las herejías extendidas.

“La nouvelle théologie”, que se difunde en los años 40, es una teología sin Cristo, como dijo claramente el card. Siri. Pues bien, en sus poderosas encíclicas y en sus discursos, Pío XII denuncia que, en el siglo XX, es Jesús, el Crucificado viviente, el que es negado y rechazado, blasfemado y profanado, como si el hombre por sí solo pudiera salvarse y no tuviese ninguna necesidad de El. Por ello hoy, basta mirar en torno para ver con claridad que, sin Jesucristo, hemos creado el infierno en la tierra, en vez del “paraíso” que pensábamos construirnos sin El.

En este nuestro tiempo, desde la Summi Pontificatus (1939), a la Mystici Corporis (1943), a la Divino afflante Spiritu (1943), a la Mediator Dei (1947), a la Humani generis (1950) -quizá la encíclica más grande de su pontificado y entre las más grandes de la Iglesia, en la que condena y confuta los errores gravísimos del “neo-modernismo” que demuelen el Catolicismo- el Santo Padre Pío XII llama a los hombres a redescubrir a Jesús, el Hombre-Dios, que sacrificó su vida en expiación del pecado y nos mereció la Gracia divina, el Viviente en la Iglesia, en modo especialísimo en la Eucaristía, su Presencia real y su Sacrificio.

Esta Gracia la debemos acoger, correspondiendo con fidelidad absoluta a sus mandamientos, evitando el pecado, que lleva al infierno, que existe y es eterno (y no está vacío), creciendo cada día en el amor a aquel Jesús que nos amó el primero. En una palabra, la intimidad con Jesús, del Cual nace la transformación (= la consagración) del mundo a El: es la síntesis de la vida y del Magisterio de Pío XII, Magisterio de la Iglesia hoy olvidado, reducido, alterado, negado, a pesar de ser Magisterio eterno.

Su familiaridad extraordinariamente hermosa con Jesús tocó cima ya en esta tierra, durante los días de enfermedad entre el uno y el dos de diciembre de 1954. Después de haber orado con las invocaciones tan queridas por él: “Anima Christi, sanctifica me… et iube me venire ad Te”, de repente Jesús en persona llegó para dialogar con Su Vicario. Por la mañana se levantó curado.

“Santo subito”

¿Distante, lejano? En absoluto. Antes bien, tan cercano que durante las audiencias muchos se acercaban a él y le pedían confesarse con él. Entonces llegaba tarde a comer, feliz por haber reconciliado las almas con Dios. Explicaba con su sonrisa más hermosa: “¡Yo también soy sacerdote y esta mañana he hecho de confesor!” ¿Acaso no es un ejemplo para los sacerdotes de hoy?

Aquel del cual Von Hertliga decía: “Ese Pacelli vale más que una armada”, era antes que nada un hombre que vivía cara a cara con Jesús, ya en esta tierra, e invitaba a todos a seguirle con fidelidad heroica, como cuando dijo a los jóvenes y a las muchachas del movimiento Oasis, consagrados a Dios, el 23 de noviembre: “Hoy es el tiempo del heroísmo y de la entrega completa. Haced de Jesús vuestra vida, transformaos en El.”

Se fue a Dios, como en una asunción, el 9 de octubre de 1958. Fue proclamado “venerable” el 19 de diciembre de 2009. Venga pronto el día en el que lo veneremos santo en los altares: Pío XII, el grande, como León y Gregorio, y ¿por qué no? Doctor de la Iglesia. Demasiado se ha esperado. ¡Santo subito!

Candidus

SÍ SÍ NO NO

(Traducido por Marianus el eremita)



domingo, 27 de noviembre de 2016

sábado, 26 de noviembre de 2016

SUMISION PROGRESISTA: PROTEGER EL ISLAM Y DENIGRAR EL CRISTIANISMO





Encuentra la vestimenta ofensiva… o la hipocresía. La empresa de ventas 
online Amazon retiró el ‘Sexy Burka’ (izquierda) tras recibir acusaciones 
de ‘islamofobia’. Pero, pese a las protestas de numerosos clientes
 católicos, sigue vendiendo la ‘Monja Sexy’ (derecha).



Giulio Meotti.- El mayor portal de compras del mundo, Amazon, vende muchos disfraces de Halloween. Una de las novedades de este año ha sido el “Burka Sexy”, la típica prenda oscurantista que los talibanes y el Estado Islámico imponen a las mujeres. Pero el burka sexy, que Amazon UK vendía a 18,99 libras, no ha durado mucho.

El gigante de las compras de Jeff Bezos retiró el artículo de la web después de que Amazon se viera inundada con acusaciones de “racismo”, “islamofobia”, de comercializar una prenda islámica con la cara de una modelo blanca y utilizar “una prenda religiosa con fines comerciales”. “Sois repugnantes, mi cultura no es vuestro disfraz”, escribieron muchos usuarios de confesión islámica. Otros emplearon un tono un poco menos encantador: “Seáis quienes seáis, deberíais temer a Alá. Esto no es una broma”.

Un portavoz de Amazon respondió de inmediato: “Todos los vendedores de Marketplace deben seguir nuestras directrices de venta, y se tomarán medidas para quienes no lo hagan, entre ellas la posible cancelación de su cuenta. El producto en cuestión ya no está disponible”.

Así que una parodia de Halloween del símbolo global de la opresión contra la mujer ha sido censurado. Como el velo islámico contradice los valores occidentales de la libertad, la igualdad y la dignidad humana de manera tan absoluta, la mentalidad progresista relativista defiende con lealtad estos velos islámicos, al igual que el burkini.

Pero aquí también hay una doble vara de medir. ¿Qué pasa con el disfraz de Halloween de “Monja Sexy” que se burla de la Iglesia Católica? A pesar de las protestas de muchos clientes católicos, la “Monja Sexy” sigue a la venta en Amazon. ¿No es eso una forma de “cristianofobia”? Además, una monja es una personalidad religiosa, mientras que el burka es una prenda.

Veamos el caso de The Guardian, el periódico británico más famoso de la izquierda progresista. Cuando la banda Pussy Riot actuó con su supuestamente ofensivo show de tres minutos en la Catedral de Cristo Salvador de Moscú, por el cual dos de sus tres componentes fueron encarceladas por negarse a repudiar el texto (la tercera se disculpó para evitar la cárcel), el periódico las defendió diciendo que hacían “pura poesía protesta”. Cuando la asociación política Pegida convocó protestas contra la islamización de Alemania, el mismo periódico la condenó diciendo que era “un vampiro que tenemos que matar”. También surgió la misma doble moral durante la batalla para construir una mezquita cerca de la Zona Cero, cuando los medios progresistas se pusieron del lado de la comunidad musulmana.

En enero de 2006, el humorista gráfico más famoso de Noruega, Finn Graff, declaró que se estaba autocensurando en lo relativo a Mahoma. Graff jamás había tenido ningún problema para hacer bromas sobre los cristianos, a los que dibujaba con camisas pardas y esvásticas. Graff también era el autor de una serie de polémicas viñetas contra Israel: en una de ellas mostraba al primer ministro israelí Menachem Begin como el comandante de un campo de concentración nazi.

Lo mismo ocurrió con el cineasta germano-estadounidense Roland Emmerich, director de muchas películas del género catástrofes. Abandonó un proyecto para borrar de la faz de la tierra –en la gran pantalla– el lugar más sagrado del islam por temor a provocar una fetua (dictamen religioso) pidiendo su muerte. Para su película 2012, Emmerich quería demoler la Kaaba, la emblemática estructura con forma de cubo que se encuentra en la Gran Mezquita de La Meca. “Puedes dejar que los símbolos cristianos se caigan a pedazos, pero si lo haces con un símbolo árabe, tendrás… una fetua”, dijo Emmerich. Al menos fue honesto.

Tras la masacre de la mayoría del personal de la revista satírica francesa Charlie Hebdo, todos los periódicos, televisiones y agencias de fotografía del progresismo occidental, empezando por los “tres grandes” (MSNBC, CNN y AP) compitieron por ver quién justificaba más su vergonzosa decisión de censurar la portada de Charlie Hebdo en la que el profeta Mahoma dice “todo está perdonado”. La CNN dijo que podía ofender “las sensibilidades del público musulmán”. Un año después, cuando Charlie Hebdo publicó una nueva portada donde aparecía un “Dios asesino” judeocristiano en vez del profeta islámico, la CNN sí la mostró.

En 2015, la BBC describió la portada de Charlie Hebdo, pero no la mostró, decisión que la cadena británica no mantuvo un año después, cuando Charlie Hebdo publicó la nueva portada anticristiana. La misma doble moral mostró el periódico británico conservador Daily Telegraph, que omitió la portada con la caricatura de Mahoma, pero publicó una con un Dios abrahámico.

Associated Press también censuró en 2015 las viñetas islámicas de Charlie Hebdo. ¿Por qué motivo? Eran “deliberadamente provocadoras”. En 2016, la agencia no tuvo ningún problema en mostrar la nueva portada, en la que no aparecía Mahoma, sino el Dios judeocristiano.

Esta doble moral de la élite progresista también ha aparecido en el New York Times, que por “respeto” a la fe musulmana censuró las viñetas de Charlie Hebdo, para después decidir, con absoluta falta de respeto, que la Vieja Dama Gris podía y debía publicar la obra Eggs Benedict, de Nikki Johnson, expuesta en el Museo de Arte de Milwaukee, que consiste en un retrato del papa Benedicto XVI compuesto con condones de colores.

El “califa” del Estado Islámico, Abu Bakr Al Bagdadí, ridiculizado por Charlie Hebdo, provocó la autocensura por su “discurso del odio”, mientras que la obra de Chris Ofili, The Holy Virgin Mary, donde la madre de Jesús aparece cubierta de heces e imágenes de genitales, fue defendida por el New York Times en aras de la “libertad de expresión”. ¿Significa esto que algunas religiones son más iguales que otras?

Si un imán protesta con violencia por algo, la élite progresista respaldará la falsa acusación de “islamofobia”. Si una protesta pacífica la lidera un sacerdote católico, esa misma élite siempre la rechazará en nombre de la “libertad de expresión”.

Olvidémonos del “Sexy Burka”. Para la noche de Halloween, solo hay la “Mona Sexy”, mientras que el “califa” Bagdadí puede violar a sus esclavas sexuales yazidíes y cristianas con impunidad.