jueves, 29 de septiembre de 2016

martes, 27 de septiembre de 2016

ESTO FIDELIS - MONS. LEFEBVRE


La fidelidad es una virtud social que tiene una afinidad profunda con la virtud de verdad y, en consecuencia, se vincula, tal como ella, con la virtud de justicia.

Parece muy oportuno rememorar qué es esta virtud, a fin de animarnos a desarrollarla, a mantenerla en nosotros y a manifestarla en nuestra vida individual y social.

La fidelidad es la voluntad de tener un compromiso dado. Es ser verdadero hacia sí mismo y verdadero hacia los demás, que tienen sus propios compromisos. También es ser justos, pues uno se compromete hacia otra persona o aún hacia Dios o la Iglesia, o a una sociedad. Los compromisos pueden ser numerosos. Hay unos, irrenunciables, que nos comprometen por la eternidad; hay otros que nos comprometen para esta vida de aquí abajo. En cambio, hay otros que pueden ser anulados, pero jamás unilateralmente, lo cual constituiría una injusticia hacia personas con las cuales uno se comprometió y, en definitiva, hacia Dios.

Así, el bautismo nos compromete por toda la eternidad, y ese compromiso debe procurarnos bienes que aseguran la vida eterna. Bautizados, nunca nos está permitido renegar de nuestro compromiso. El casamiento compromete para la vida de aquí abajo y los que lo han contraído deben permanecer fieles, sin que ninguna autoridad de este mundo pueda dispensarlos de estos compromisos. Con esto se puede medir la gran importancia de la virtud de la fidelidad.

Numerosas pueden ser las promesas y compromisos diversos. Numerosas también pueden ser las circunstancias que, sea por sí mismas, sea por aquellos con los cuales uno se comprometió, resuelvan el compromiso. Pero nada es tan odioso, deshonrante y nocivo para la vida social, como una promesa o un compromiso que no se cumple sin que medie alguna circunstancia legítima, o que un asentimiento de las personas interesadas haya autorizado su anulación.

Se asiste hoy a un desprecio de la virtud de fidelidad que molesta gravemente a la vida religiosa, cuando se trata de compromisos realizados con Dios, y con la vida social, cuando se trata de compromisos para con el prójimo.

Las numerosas infidelidades de los sacerdotes, tanto hacia Dios como hacia el prójimo, causan un grave escándalo a la humanidad entera. El sacerdote consagrado, santificado por la unción sacramental y la imposición de las manos del Obispo, está dedicado al culto de Dios y a la santificación de las almas. Está comprometido por esa doble unción a cierta doble finalidad. Aún si la Iglesia pudiera suspender el ejercicio de ese compromiso, no sería menos verdadero que estos sacerdotes han sido infieles a lo que habían prometido solemnemente delante de Dios y de la Iglesia. Esa ruptura no es, ciertamente, un ejemplo para los que se han comprometido en los lazos del matrimonio.

La infidelidad en la vida religiosa se produce cuando uno pide la ruptura de los votos perpetuos: cierto, puede haber motivos legítimos para hacer ese pedido, pero ¿no es verdad, desgraciadamente, que estos motivos tienen generalmente por causa infidelidades reales? No sucede lo mismo con los votos temporales, que por su naturaleza son caducables. Pero hoy se asiste a menudo a una desestimación de los votos, que se manifiesta por la impaciencia de ser relevado de ellos antes de que éstos lleguen a su término. Esto provocará, sin duda, una modificación en el régimen de los votos temporarios. ¿Pero se puede pensar que la estima será más grande? Quizás en el retraso en la preparación y en la profesión de los compromisos podría encontrarse una solución parcial. Pero también probablemente sea en una fe más grande y en una mejor comprensión del ideal religioso que se encuentre la verdadera solución.

Desgraciadamente, las infidelidades a nuestras constituciones, las cuales nos hemos comprometido a observar, son más y más frecuentes. Por cierto, los capítulos generales extraordinarios son invitados a revisar estas constituciones y modificarlas según algunos principios enunciados por el Concilio y por los decretos. Para eso se preparan todas las sociedades religiosas. Si una cierta tolerancia puede existir sobre algunos aspectos poco importantes de estas constituciones, uno queda estupefacto al ver a veces con cuánta inconsciencia, para no decir con qué desprecio, se consideran los compromisos tomados solemnemente ante la Iglesia y ante Dios. Algunos superiores se creen verdaderos legisladores y que tienen ellos solos la autoridad del capítulo general. Que no se hagan ilusiones; en esos casos la víctima siempre es la autoridad, y por consiguiente, Dios, en cuanto Dios pueda ser víctima de nuestras faltas y de nuestras infidelidades. Pues el desprecio de los compromisos por parte de quienes tienen responsabilidades no puede dirigirse más que contra estas autoridades. No tener en cuenta las constituciones ahora, vale para el futuro. No habrá más razones para obedecer a las futuras constituciones que a las de hoy.
Los superiores que obran así se arriesgan a causar graves infortunios a quienes en su comunidad son fieles a sus compromisos. Los privan de gracias particulares vinculadas a esta fidelidad. Entonces, hay que ser muy circunspecto y prudente en esta manera de obrar, so pena de recibir los reproches que Dios destina a los servidores infieles.

Esta tendencia actual a la infidelidad es desastrosa, tanto hacia la unión con Dios, como en relación a la vida de familia en la congregación misma. Es que la fidelidad es vecina de la sencillez, mientras que la infidelidad es vecina de la duplicidad. ¿Cómo se puede tener relaciones de filiación verdadera y confiada con Dios, si nuestra actitud es falsa y doble? ¿Cómo puede reinar una atmósfera de confianza entre los miembros de una sociedad sin la fidelidad a una palabra dada?

Es tiempo de que cada uno se examine sobre esta linda virtud de fidelidad que hace honor a aquel que la posee, que le procura una reputación de lealtad y le adquiere a justo título la confianza de su prójimo y, sobre todo, la confianza de Dios. “Euge, serve bone et fidelis, quia super parva fuisti fidelis, supra multa te constituam”. Tal será la palabra con la cual el Señor nos acogerá, si hemos sabido ser fieles en todas las cosas.

Monseñor Marcel Lefebvre

Carta Pastoral n° 37
(“Avisos del mes”, septiembre-octubre de 1967) 

STAT VERITAS

domingo, 25 de septiembre de 2016

SAN PÍO X Y EL MODERNISMO


ALOCUCIÓN “EL GRAVE DOLOR” 
(27 de mayo de 1914)

En ocasión de la imposición del birrete a los nuevos Cardenales, el Papa les recuerda el deber de mantener la integridad de la fe contra las tendencias modernistas, que se encuentran en el interior del ambiente eclesial.

San Pío X comienza la Alocución recordando a los purpurados que deben ser para él ayuda válida “para resistir los astutos asaltos, los cuales ha señalado la Iglesia, no tanto por parte de abiertos enemigos, sino especialmente de sus mismos hijos”[i]. El Pontífice recuerda de nuevo que el peligro del modernismo está precisamente en mostrarse aparentemente hijo de la Iglesia para sabotearla desde su interior de manera astuta, o sea, con la falsedad y el engaño.

Los modernistas -dice San Pío X- están impregnados de “ciertas ideas de conciliación entre la fe con el espíritu moderno, ideas que conducen mucho más lejos de lo que se piensa, no sólo al desvanecimiento, sino a la pérdida total de la fe”[ii].

Esta frase nos ayuda a comprender la gravedad de la situación actual a partir del Concilio Vaticano II, época en la que los hombres de Iglesia quieren dialogar con el mundo moderno, o sea, con la filosofía de la modernidad idealista[iii].

El resultado de este “diálogo” ha sido el predicho por San Pío X, no sólo el desvanecimiento, sino la pérdida total de la fe, ya que, si se desposa la doctrina cristiana con el subjetivismo idealista, entonces del cristianismo permanece sólo el nombre, pero desaparece la sustancia. Dios no es ya un Ser real y objetivo independientemente de lo que piensen los hombres, sino que es el producto del pensamiento humano y, de esta manera, todos los dogmas y la Ley divina son interpretados subjetivamente y no tienen valor objetivo.

“No es nuevo -continúa San Pío X- encontrarse con personas que manifiestan dudas e incertidumbres, y también afirmaciones sobre errores manifiestos, cien veces condenados, y, no obstante, están persuadidos de que no haberse alejado jamás de la Iglesia, porque alguna vez han cumplido las prácticas cristianas”[iv].

Los modernistas dudan de las verdades de fe y se adhieren a los errores evidentes ya condenados por la Iglesia; piensan hacer parte todavía de ella, pero se han alejado mucho. Sin embargo, aparentan que no pasa nada y se comportan como si fueran todavía miembros de la Iglesia para poderla arruinar y reconducir desde dentro según sus propósitos.

“¡Oh -exclama el Papa- cuántos navegantes, cuántos pilotos y, Dios no lo quiera, cuantos capitanes haciendo compromisos con las novedades profanas y con la conciencia mentirosa del tiempo, en vez de llegar al puerto, naufragaron![v]. Terribles son estas palabras: no sólo los “navegantes”, o sea, los fieles, sino también los “pilotos”, es decir, los sacerdotes, y los “capitanes”, es decir, los obispos, en gran número, naufragaron en la fe y en la obra de la salvación dialogando con la modernidad y con la falsa filosofía del mundo moderno.

Al final de su Pontificado, el papa Sarto manifiesta ser muy consciente de que muchos sacerdotes y obispos se dejaron cegar por la falsa doctrina modernista.

Hoy nos toca a nosotros. No nos dejemos encantar por las sirenas del neo-modernismo, que nos invitan a banquetear con ellas para corromper nuestra fe, si no queremos también nosotros naufragar y no llegar al puerto de la salvación.

El Papa exhorta a los cardenales a la unión con él en la lucha contra el modernismo: “en estas duras condiciones tengo precisamente necesidad del válido y eficaz concurso de vuestra obra. […]. Predicad a todos, pero especialmente a los eclesiásticos, que nada disgusta a Nuestro Señor Jesucristo, y por tanto a su Vicario, como la discordia en materia de doctrina, porque en las desuniones y en las disputas Satanás vence siempre”[vi].

Pésense las palabras. “En estas duras condiciones”: San Pío X comprendió muy bien lo grave que es la crisis que ha producido el modernismo en el seno de la Iglesia en el lejano 1914. No nos ilusionemos con que en 2016 las cosas no sean tan graves como dicen los que son ridiculizados como “profetas de desventuras”. Si se entra en el camino del modernismo se va seguramente hacia el naufragio como nos advirtió el papa Sarto. Es necesaria, por el contrario, la unidad de doctrina, la verdadera fe y el repudio de los halagos modernistas. Sin esta unidad doctrinal, vencerá Satanás y caeremos en sus redes.

Para no caer en la trampa puesta por los modernistas es necesario que se evite su compañía y la lectura de sus libros, porque “es difícil manejar la pez y no mancharse”[vii].

San Pío X recuerda que “son hijos devotos del Papa aquellos que obedecen a su palabra y lo siguen y no aquellos que estudian todos los medios para eludir sus órdenes”[viii]. En efecto, los modernistas para sustraerse a las condenas papales iban diciendo que las Encíclicas y los documentos de condena del modernismo no eran obra del Papa, sino de los malvados cardenales que lo circundaban y lo influenciaban de mala manera.

* * *

Ha sido justamente observado que, en esta alocución, San Pío X manifiesta su “grave dolor” por la soledad en la que es abandonado por sus colaboradores naturales (obispos y cardenales) en la lucha contra el modernismo. También su sucesor Benedicto XV confesará haber considerado exageradas las denuncias de San Pío X contra el modernismo y haber comprendido la gravedad de la situación sólo cuando ascendió al solio pontificio (teste ex auditu en el estudio de la sección histórica para la causa de los Santos).

Joseph

SÍ SÍ NO NO

[Traducción de Marianus el Eremita]

[i] U. Bellocchi (a cargo de), Tutte le Encicliche e i principali Documenti pontifici emanati dal 1740, Città del Vaticano, LEV, vol. VII, Pío X, 1999, p. 514.
[ii] Ivi.

[iii] Juan XXIII, en el Discurso de apertura del Concilio (11 de octubre de 1962), dijo: “llegan, a veces, a nuestros oídos, hiriéndolos, ciertas insinuaciones de algunas personas que […] van diciendo que nuestra época, comparada con las pasadas, ha ido empeorando. […]. Nos parece justo disentir de tales profetas de calamidades, avezados a anunciar siempre infaustos acontecimientos” (Enchiridion Vaticanum, Documenti. Il Concilio Vaticano II, EDB, Bologna, IX ed. 1971, p. [39]. Pablo VI, en el Discurso de apertura del 2º periodo del Concilio (29 de septiembre de 1963), confirmó: “el Concilio tratará de tender un puente hacia el mundo contemporáneo” (Enchiridion Vaticanum, Documenti. Il Concilio Vaticano II, EDB, Bologna, IX ed., 1971, p. [109]). Todavía Pablo VI en la Homilía de la novena sesión del Concilio (7 de diciembre de 1965) llegó a decir: La religión del Dios que se ha hecho Hombre, se ha encontrado con la religión -porque tal es- del hombre que se hace Dios ¿Qué ha sucedido? ¿Un choque, una lucha, una condenación? Podía haberse dado, pero no se produjo. […]. Una simpatía inmensa lo ha penetrado todo. […]. Vosotros, humanistas modernos, que renunciáis a la trascendencia de las cosas supremas, conferirle siquiera este mérito y reconocer nuestro nuevo humanismo: también nosotros -y más que nadie- somos promotores del hombre. […]. Una corriente de afecto y admiración se ha volcado del Concilio hacia el mundo moderno. […]. El Concilio ha enviado al mundo contemporáneo en lugar de deprimente diagnósticos, remedios alentadores, en vez de funestos presagios, mensajes de esperanza: sus valores no sólo han sido respetados sino honrados, sostenidos sus incesantes esfuerzos, sus aspiraciones, purificadas y bendecidas” (Enchiridion Vaticanum, Documenti. Il Concilio Vaticano II, EDB, Bologna, IX ed., 1971, p. [282-283]). También Pablo VI confirmó que la Iglesia contemporánea va buscando “algunos puntos de convergencia entre el pensamiento de la Iglesia y la mentalidad característica de nuestro tiempo” (Osservatore Romano, 25 de julio de 1974). Y hoy, Francisco I responde a Eugenio Scalfari: “El Vaticano II, inspirado por el papa Juan y por Pablo VI, decidió mirar al futuro con espíritu moderno y abrirse a la cultura moderna. Los padres conciliares sabían que abrirse a la cultura moderna significaba ecumenismo religioso y diálogo con los no creyentes. Desde entonces se hizo muy poco en esa dirección. Yo tengo la humildad y la ambición de quererlo hacer” (Reppublica, 1 de octubre de 2013, p. 3). Y no se puede decir que no lo esté haciendo.

[iv] U. Bellocchi (a cargo de), Tutte le Encicliche e i principali Documenti pontifici emanati dal 1740, Città del Vaticano, LEV, vol. VII, Pío X, 1999, p. 514.

[v] Ibidem, p. 515.

[vi] Ivi.

[vii] Ivi.

[viii] Ivi.


sábado, 24 de septiembre de 2016

SERMÓN DEL R. P. CARDOZO SOBRE LA INFALIBILIDAD PAPAL - 18/09/2016

En este sermón pronunciado el día 18 domingo después de Pentecostés, el R. P. Cardozo trata sobre la infalibilidad papal, dogma muy atacado por los enemigos de la Iglesia, y más recientemente por el hereje obispo Richard Williamson en su última CE.





Catecismo de San Pío X

201 - ¿Cuando fue definido que el Papa es infalible?
La infalibilidad del Papa fue definida por la Iglesia en el Concilio Vaticano I; y si alguien se atrevía a contradecir esta definición, sería un hereje y excomulgado .


miércoles, 21 de septiembre de 2016

¿SATANÁS DESATADO?



Estimado sí sí no no,

He escrito estas amargas consideraciones para desahogarme un poco ante todo lo que está sucediendo en Italia y en el mundo, sobre todo en los países islámicos, contra los cristianos, y, de manera especial, y a la promoción de la inmigración salvaje de musulmanes en Europa, con la total indiferencia de todas aquellas organizaciones internacionales que, más allá de las palabras, no saben hacer nada. Para no hablar de ciertas intervenciones papales y de eclesiásticos varios que hacen llorar y alejan de la Iglesia a las personas con una fe débil.

* * *

Guardaos de los falsos profetas, los cuales vienen a vosotros vestidos de ovejas, pero por dentro son lobos rapaces. Por sus frutos los reconoceréis. ¿Se recogen quizá uvas de los espinos o higos de los abrojos? Todo árbol bueno da frutos buenos, pero todo árbol malo da frutos malos… Por los frutos, pues, los reconoceréis” (Mateo 7,15-20). “Porque no hay árbol malo que dé frutos buenos: en efecto, cada árbol se reconoce por sus frutos. No se recogen higos de los espinos ni uva de la zarza” (Lucas 6,43-44).

Esto nos dice el Evangelio. Por tanto debemos juzgar las acciones, los comportamientos, del hombre, por las consecuencias que se derivan de ellos: si estas son buenas y dan resultados útiles para el hombre, para la sociedad en general, quiere decir que ese hecho era, no sólo oportuno, sino también necesario y beneficioso; si, por el contrario, de esa acción se derivan situaciones de malestar y empeoramientos en general para la mayoría de los individuos, quiere decir que lo que se ha hecho era, no sólo peligroso, sino nocivo tanto e sentido material como moral.

A la Beata Ana Catalina Emmerick, en 1820 le fue revelado que alrededor de 80 años antes del año 2000 satanás sería liberado de sus cadenas y tendría libertad de acción en el mundo, tentando a la Iglesia en las personas consagradas y en sus fieles con el fin de destruirla. Dicha situación duraría alrededor de un siglo.

El papa León XIII, en la mañana del 13 de octubre de 1884, después de haber celebrado la santa Misa, quedó inmóvil, como en éxtasis, ante el sagrario durante cerca de diez minutos. Cuando volvió en sí, contó a sus colaboradores que había asistido a un diálogo entre Nuestro Señor y satanás. Este último, con gran descaro, sostenía que habría destruido la Iglesia si hubiese tenido, durante un periodo de 100 años, plena libertad de acción frente a los hombres que la representan, es decir, las personas consagradas. El Señor aceptó este reto, concediéndole el tiempo solicitado y la libertad de acción.

El Papa quedó horrorizado y turbado por lo que había oído y, habiéndose retirado a sus estancias, escribió la oración “Sancte Michael Archangele”, para implorar la protección de la Iglesia contra tal peligro, ordenando que fuera rezada, de rodillas, al final de cada santa Misa. Después de la reforma litúrgica post-conciliar, esta oración desapareció del ritual (como tantas otras cosas) haciendo desaparecer así un válido amparo contra este ataque diabólico.

* * *

El Papa Roncalli, el 25 de enero de 1959, en la basílica de San Pablo, anuncia la convocación de un concilio ecuménico, sin consultar previamente a nadie, dejando perplejas a muchas personas.

En este momento conviene recordar que Roncalli fue compañero de estudios de teología en el seminario del Apollinare de Roma, en los primeros años del siglo XX, de Ernesto Buonaiuti, que llegó a ser sacerdote y después fue excomulgado por su adhesión al modernismo.

Leí en algún lugar, pero no recuerdo dónde, que, cuando Roncalli era secretario del Obispo de Bérgamo, Radini Tedeschi (desde el 9 de abril de 1905 hasta la muerte de este último, acaecida en 1914), hablando con un amigo sacerdote decía que, aunque compartía las ideas de Buonaiuti, no era oportuno manifestar demasiado sus simpatías para no perjudicar su carrera.

Teniendo en cuenta de lo que se ha dicho, una vez visto que la decisión de convocar el Concilio fue tomada en total soledad, dejando perpleja a la mayoría misma de los cardenales y de los obispos, ¿no surge, quizá, la sospecha de que la inspiración de convocar el Concilio no viniera del Espíritu Santo sino del maligno? Brevemente, ¿es posible que el Papa fuera un instrumento inconsciente para actuar su obra demoledora convocando el Concilio, que habría traído consecuencias trágicas en el mundo religioso y civil? Esta hipótesis mía hará quizá torcer la boca a muchas personas.

* * *

El porqué de esta pregunta deriva del examen de la vivencias y de los hechos que sucedieron tanto en campo religioso como civil después de la celebración del Concilio y cuando se empezaron a aplicar sus directivas.

La revolución del 68 trajo a la calle la violencia, causando lutos y dolores en muchas familias, el desconocimiento de la autoridad en la familia y en la sociedad, la decadencia en la escuela y en la universidad, la inmoralidad extendida, la pedofilia, el divorcio, el aborto, la eutanasia, la despenalización de las drogas, y ahora el reconocimiento de las uniones del mismo sexo, que pretenden ser equiparadas a la familia establecida por el derecho natural.

Todo capricho, todo deseo, aun el más extraño e insensato, es reclamado como un derecho; y aunque tales exigencias provengan de minorías, son sostenidas con fuerza por los medios de comunicación y por la libre interpretación de algún juez, con el resultado de que, después de tanto ruido, consiguen obtener todo, con la más completa indiferencia de la mayoría de las personas, que han perdido todo punto de referencia moral. (En no mucho tiempo se pedirá el amor libre con niños y menores y quizá también el derecho de casarse con animales, en nombre de la más completa libertad sexual).

En la Iglesia la situación es desastrosa: cada uno hace lo que quiere, la obediencia ya no existe, los seminarios, los conventos, están vacíos, los sacerdotes, vestidos como pordioseros, van con pantalones cortos y camisetas, sin ningún signo distintivo de su ministerio; basta pedir perdón a diestra y siniestra y estar preparado a profesar y sostener todas las ideas que atraigan el consenso, creyendo así ser simpáticos y bien acogidos por el mundo, pero olvidando que Jesús dijo: “me han odiado a Mí y os odiaran también a vosotros”; estos, por el contrario, no quieren ser odiados, sino buscados, glorificados, a la moda, siempre en la televisión, en primera fila, divagando sobre sus ideas buenistas y pacifistas, sin nombran nunca a Jesús.

Ya que la Iglesia es el “Cuerpo Místico de Cristo”, no ha cometido nunca errores y no tiene necesidad de pedir perdón a nadie. Son los hombres que la representan los que, en cuanto seres débiles y pecadores, puede haber cometido errores y equivocaciones, pero no sé qué sentido tiene pedir perdón por errores cometidos siglos atrás por eclesiásticos que vivían en aquel tiempo, con todas las problemáticas que ciertamente no podemos considerar completamente con la mentalidad actual.

Es verdad, los tiempos son tristes y oscuros, pero las palabras del Señor y de la Virgen son claras e inequívocas: “no prevalecerán” y “mi Corazón Inmaculado triunfará”. Bienaventurados los que se encuentren viviendo en aquel momento.

Carta firmada

SÍ SÍ NO NO

[Traducido por Marianus el Eremita]